La experiencia de un español en Corea del Sur

En Corea del Sur, lejos de casa, y con temperaturas que alcanzan los 20 grados bajo cero, se encuentra el español Marcos Guerenabarrena, un valiente trotamundos que se ha instalado, al menos por un tiempo, en las gélidas tierras surcoreanas.
Lleva cinco meses viviendo en Yeoju, donde se ha encargado de aportar su grano de arena en los Juegos Olímpicos de invierno Pyeongchang 2018 como coordinador de equipos de sonido. Un destino del que no conocía “absolutamente nada” antes de adentrarse en él, y que, en su opinión, no guarda similitudes con España. Diferencias, muchas. “La mayor de ellas es que esta gente no usa cuchillos para comer, corta con tijeras o con una técnica que han desarrollado que está entre la cuchara y los palillos”, asegura.

Turismo en Corea del Sur

Entre los rincones turísticos recomendados por este madrileño destacan la Lotte World, “el quinto rascacielos más alto del mundo”, con 550 metros de altura; o la Seoul Tower, que ofrece unas “maravillosas vistas de esta gigantesca ciudad”. El cementerio nacional, que tiene una zona “muy sorprendente bajo tierra” o los pueblos costeros de Busan y Gangneum también están entre las paradas imprescindibles para el viajero.
Marcos en el cementerio nacional de Seúl. Foto: Cedida por Marcos Guerenabarrena
Marcos en el cementerio nacional de Seúl. Foto: Cedida por Marcos Guerenabarrena
Pero si hay algo que ha conquistado a este viajero de Corea del Sur han sido los parques nacionales. “A pesar de las conversiones que han sufrido, son espacios muy recomendables para visitar, especialmente si se consigue llegar a su cima”, comenta.
En esta línea, Marcos recuerda el día en que se adentró con unos amigos en el Parque Nacional de Odaesan -en la provincia de Gangwon-do-, cuando les costó “un montón hacer cima” porque, dice, la montaña allí “es bastante dura”, se registraron 23 grados bajo cero, y el suelo “era puro hielo durante el último tercio de subida”. “A pesar de todo eso, fue una experiencia espectacular y las vistas merecieron mucho la pena”, agrega.
Al preguntarle sobre lo que más le gusta de este país de Asia Oriental, Marcos señala que son sus gentes, “muy comprometidas y dispuestas a ayudar en lo que puedan”. ¿Y lo que menos?: “la xenofobia que tan abiertamente manifiestan, el machismo y la homofobia que sufren”.
Sobre esto, añade que hay personas a las que les avergüenza que las vean con extranjeros aunque, asegura, también hay “gente maravillosa y encantadora”, entre los que destacan aquellos que han vivido fuera del país y que, por tanto, tienen una “mente más abierta”.
Marcos en la cumbre del Parque Nacional de Odaesan. Foto: Cedida por Marcos Guerenabarrena
Marcos en la cumbre del Parque Nacional de Odaesan. Foto: Cedida por Marcos Guerenabarrena
En cuanto a las costumbres autóctonas, Marcos reconoce que se ha sabido adaptar, y confiesa que recientemente se sorprendió haciéndole una reverencia a su jefe al despedirse, “fue algo muy extraño”. “Es de muy mala educación en Corea del Sur no hacer reverencias cuando entras a una habitación con gente, cuando te vas, cuando pides algo o das las gracias. Aquí estás todo el día doblando el lomo”, subraya.
Lo que le gusta “bastante” son los sabores locales, aunque tienen “muy poca variedad”. Como platos típicos, Marcos sugiere probar el kimchi, cualquier vegetal macerado con una salsa muy picante; carne de perro, una propuesta “bastante buena que sabe como a cordero”; o el maki, elaborado con gamba rebozada, carne, rábano amarillo… También recomienda las sopas “de todo tipo”, la casquería, “aunque no saben prepararla del todo”; y el pescado.
“Ojala pudiera recomendar un restaurante”, lamenta, porque “hay alguno bueno”, pero le resulta imposible porque, reconoce, no entiende el idioma escrito y ha tenido que inventarse sus nombres a la española.
Marcos en el templo de Silleuksa, Yeoju, Corea del Sur. Foto: Cedida por Marcos Guerenabarrena
Marcos en el templo de Silleuksa, Yeoju, Corea del Sur. Foto: Cedida por Marcos Guerenabarrena
¿Una anécdota?: “Hace poco estábamos comprando en una tienda de alimentación y tras estar cinco minutos discutiendo con mis compañeros sobre quién pagaba, la dependienta (coreana de pura cepa) nos dijo en un perfecto español: “¿pagáis por separado?”. “Me sorprendió tanto que le pregunté por qué no nos había dicho que hablaba nuestro idioma, y sin responder nos echó de la tienda tras cobrarnos a todos”, rememora entre risas.
Aunque Marcos explica que hay algún que otro español por allí, especialmente por trabajo -“aunque debe ser menos del 0,2% de la población”-, está obligado a enfrentarse a un idioma “nada fácil”. “Sé pedir cerveza en varios formatos y cantidades, algo de comida, decir los números, y emplear un par de frases útiles, así que, ¡no está mal! ”, aclara.
Esta experiencia en Corea del Sur, que finalizará el próximo 30 de marzo, cuando está prevista su vuelta a España, no le ha cambiado “nada” aunque, nunca se sabe, que aún hay margen de que caiga una estrella. Nosotros nos despedimos de este español que lanza un último mensaje a sus allegados antes de preparar sus maletas para la vuelta a casa: “En nada estoy allí, ¡me vais a tener hasta en la sopa!”.
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