#España: Chellah, testigo de la historia de Rabat

Chellah, al mismo tiempo ciudad abandonada y cementerio real, es un libro abierto de historia de Marruecos. Entre sus murallas de adobe de casi un kilómetro se esconden las huellas de las civilizaciones que marcaron el devenir del país en la Antigüedad y en la Edad Media.

Pero poco tiene de obsoleto, ya que Rabat ha sabido explotar el encanto del recinto y le ha dado nueva vida al concederle un papel de importancia en la escena cultural de la ciudad.

Desde hace dos décadas, el complejo alberga anualmente el festival Jazz au Chellah y, en los últimos años, también ha acogido la sección folclórica del festival Mawazine, la cita musical más importante de Marruecos.

Impresionante atardecer en Chellah

Con o sin música, explorar Chellah es un regalo para los sentidos, especialmente a última hora de la tarde, cuando la luz anaranjada del atardecer desciende sobre el recinto y las numerosas cigüeñas que en él anidan vuelven a sus refugios.

Es entonces cuando el peculiar ruido que hacen estos pájaros con sus picos, que en castellano recibe el nombre de crotoreo, guía los pasos del visitante, que accede al complejo por una imponente puerta monumental.

La estructura de Chellah, escalonada en las terrazas formadas sobre una ladera, refuerza la sensación de exploración: desde la entrada principal, hay que descender una pronunciada cuesta, flanqueada por un frondoso jardín, para llegar a la explanada sobre la que se extiende el conjunto arqueológico.

Separados por un milenio de antigüedad, pero solo unos metros de distancia, los edificios en ruinas levantados por romanos y meriníes en Chellah permanecieron, durante siglos, sepultados bajo tierra, hasta que unas excavaciones acometidas en los años sesenta del pasado siglo rescataron del olvido al complejo monumental.

Hoy sabemos que Chellah nació como colonia fenicia alrededor del siglo VI a.C. y que conoció su máximo apogeo tras la conquista romana, que hizo de este enclave un importante punto fronterizo y comercial de la provincia de Mauritania Tingitana.

Imagen de unos antiguos baños árabes en el enclave de Chellah. Foto. Juan VargasImagen de unos antiguos baños árabes en el enclave de Chellah. Foto. Juan Vargas

Necrópolis de la dinastía Meriní

El visitante puede advertir, también ahora, el trazado urbano típicamente romano que diseñó la administración imperial, y se pueden distinguir elementos como los cimientos de un arco de triunfo, la planta del templo principal o el perímetro del barrio artesanal.

La descomposición del Imperio Romano arrojó un período de oscuridad sobre Chellah, que quedó prácticamente abandonada hasta que, mediado el siglo XIII, se convirtió en la necrópolis de los gobernantes de la dinastía meriní, que se hicieron con el poder en Marruecos al derrocar a los almohades.

Aunque los meriníes hicieron de Fez su capital política y económica, el sultán Abu Yahya (muerto en 1258) hizo construir en Chellah un complejo funerario que sus sucesores ampliaron progresivamente y que llegó a contar con mezquita, madrasa y baños (hammam) propios.

Los trabajos de construcción concluyeron en 1339, en tiempos de quien probablemente fue el sultán más célebre de la dinastía meriní: Abu al-Hasán, que se hizo levantar un mausoleo personal en la necrópolis.

Nacido de madre etíope, Abu al-Hasán fue apodado El Sultán Negro, se casó con una cristiana a la que convirtió al Islam, llevó al sultanato meriní a su máxima expansión y combatió sin cesar contra españoles y portugueses, llegando a recuperar Gibraltar de manos castellanas.

Sin embargo, su ambición se volvió contra él: en 1340 sufrió una dura derrota en la batalla del Salado, y sus detractores (encabezados por su propio hijo, Abu Inan Faris) aprovecharon su debilidad y el descontento de las tribus sometidas para derrocarlo y forzar su exilio a las montañas del Atlas.

Abu al-Hasán sería el último gobernante en ser enterrado en Chellah, pues Abu Inan Faris decidió trasladar en adelante a la ciudad de Fez el cementerio de la dinastía, que no tardaría en entrar en una fase de decadencia que acabaría con su extinción.

Poco a poco, el polvo se fue adueñando de Chellah, que pasó a ser un recuerdo de tiempos pasados en una Rabat que crecía a su propio ritmo y en otra dirección.

Su historia podría haber terminado ahí, pero las excavaciones y la actividad cultural le insuflaron vida y ahora, muchas generaciones después de su época de esplendor, vive una nueva juventud al son del jazz y de los chasquidos de las cigüeñas.

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